Restaurante Alberca en Trujillo - Extremadura. key
En el Restaurante Alberca, creemos que el fuego es el narrador más antiguo del mundo.
Nuestra cocina se construye en torno a su danza primitiva: la llama y la madera en diálogo perpetuo, el humo como ingrediente vivo que no condimenta, sino que testimonia. Que preserva el alma de cada producto antes de que el tiempo pueda reclamársela.
Cada plato es un regreso. Una arqueología del calor, un gesto que conecta el ingrediente de temporada con algo anterior a los recetarios, anterior incluso al lenguaje. Aquí el fogón no decora ni acompaña: es el protagonista eterno de una narrativa silenciosa y fragante, la misma que se contó alrededor de las primeras brasas y que nosotros, con humildad y oficio, nos limitamos a continuar.
Hay fuegos que nunca se apagan; solo duermen bajo la tierra, esperando el momento de volver a contar su historia. Este menú no es una cena, es una obra de teatro en dieciséis actos escrita con el lenguaje del humo, la dehesa y el tiempo.
Cada bocado es un capítulo sensorial de Extremadura. Desde el susurro ahumado del pastrami y la patatera, hasta el latido atlántico que se funde con el pimentón y la dehesa. Es un viaje que transita por la memoria del huerto, la delicadeza de la brasa y el eco dulce de los recuerdos compartidos.
Ceniza es el origen. Ceniza es el regreso. Siéntate a la mesa y deja que el fuego despierte.
Trujillo se alza sobre su roca de granito mirando el mundo de frente, memoria viva de quienes partieron hacia otro continente y volvieron con nuevos sabores. A su alrededor se extiende la dehesa, donde el cerdo ibérico camina entre bellotas y el queso de cabra y oveja madura con paciencia campesina. El aceite de oliva confirma su pertenencia al gran relato mediterráneo: pan, vino y sobremesa como forma de sabiduría.
Pero en sus fogones también laten otros mundos: el pimentón de la Vera trae el eco de un viaje americano, y las especias árabes susurran aún en los dulces de convento. Trujillo, hija de conquistadores y cocinera de aventuras, no entiende su identidad sin el mundo entero pasando por su mesa: cada plato cuenta, sin palabras, todo lo que esta tierra ha visto pasar.
Mario Clemente lleva marcas: una rodilla rota que truncó un sueño futbolístico, y tatuajes que eligió después, recordándole siempre su origen y su fuego. Todo empezó en 1997, cuando su padre, Rafael Clemente, abrió un asador familiar en una casa en ruinas de Trujillo. Allí creció Mario, entre ollas y correteos junto a su hermana Laura, hasta que la cocina, sin buscarlo, se convirtió en vocación. Estudió hostelería casi por descarte, pero el fuego ya estaba en él. Pasó por BiBo, con Dani García en Madrid, y después por Etxebarri, en el País Vasco, donde descubrió el respeto sagrado al producto y la mística de las brasas. De vuelta en Trujillo, no rompió con el pasado: lo abrazó. Hoy cocina junto a su madre y su tía en Alberca, con el humo del Josper como hilo conductor de un menú estructurado en tres actos: Brasas, Humo y Ceniza. Sin ambición de brillos efímeros, Mario prefiere el calor de su equipo y sus raíces: un viaje de ida y vuelta para aprender a encender el fuego y volver a casa a mantenerlo vivo.
Un santuario íntimo donde la luz y la sombra realizan un ritual coreografiado.
Nuestra atmósfera en movimiento.
El Bib Gourmand de la Guía Michelin —obtenido en 2022— celebró lo que Alberca siempre ha defendido: que la emoción no tiene precio de entrada. El Sol Repsol, llegado en 2025, situó al restaurante en el mapa de la gran gastronomía española, reconociendo una cocina con carácter, técnica y proyecto propio. Y la T de Oro de Tapas Magazine 2024 premió algo más difícil de nombrar: la valentía de una cocina de raíz que no teme mirar hacia delante.
Tres guías distintas. Tres maneras de decir lo mismo.